ARANTZAZU EUZKO ETXEA LIMA

Mostrando entradas con la etiqueta francisco igartua rovira. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta francisco igartua rovira. Mostrar todas las entradas

martes, 13 de septiembre de 2016

Fuentes Eclesiales en Euskalerria para el estudio (cuantitativo y cualitativo) del Exilio Religioso Vasco a Francia a causa de la Guerra Civil (1937-1940)

Óscar Álvarez Gila


  —1→ 
La derrota de las fuerzas leales a la República en Euskalerria supuso, como una destacada particularidad dentro del contexto español, que un importante sector de los religiosos vascos, y más concretamente el que después ha sido conocido con el nombre genérico de «clero vasco»1, sufriera una fuerte represión. En el contexto de las medidas que, ya desde el primer momento, fueron tomadas tanto por las nuevas autoridades como por las diversas jerarquías eclesiales2, la marcha al extranjero adquiriría todos los caracteres, bien de una huida al exilio, bien de un extrañamiento preventivo o coaccionado. La cercanía de Francia, unida a otros factores, propició que en un primer momento fuese éste el país preferente de destino3.
Prácticamente todas las organizaciones eclesiales, seculares o regulares, establecidas en Euskalerria, conocieron entre sus filas ejemplos más o menos abundantes de esta represión. En la presente comunicación pretendemos señalar las fuentes eclesiales (fundamentalmente de archivo) existentes en Euskalerria para el estudio de este exilio, analizando el tipo de información que nos ofrecen.





1. Los archivos eclesiales

1.1. Características generales

1. Los archivos de la Iglesia son, en principio, archivos privados, y como tales participan de su principal característica: la discrecionalidad en el acceso a sus fondos, y las diversas y consiguientes limitaciones con las que se encuentra el investigador, en cuanto a las fuentes que puede consultar4. Incluso en uno de estos archivos que podría clasificarse como «público», el Archivo Histórico Eclesiástico de Bizkaia, el grueso de la documentación diocesana, que se inicia en 1950, permanece inaccesible. La relativa cercanía en   —2→   el tiempo, así como la pervivencia de personas implicadas en los acontecimientos, han justificado la reserva mantenida.
2. Dos son los tipos principales de información que, sin excepción, se pueden hallar en los archivos eclesiales.
Por una parte, tenemos aquellas fuentes (que denominaremos cuantitativas) que nos van a proporcionar las dos operaciones básicas en todo estudio:
a) La cuantificación del fenómeno: En 1978, el colectivo Eusko Apaiz Talde (Grupo de Sacerdotes Vascos), dedicado a crear un archivo en el que se recopilara documentación sobre las persecuciones sufridas por el «clero vasco», publicó una primera nómina de estos sacerdotes y religiosos5 (entre ellos, de los que marcharon a Francia), en la que se detallan las características, años y lugares de sus causas judiciales, encarcelamientos, extrañamientos y/o exilios.
Los autores mismos señalaban que esta lista, limitada «a la guerra misma y a la inmediata postguerra» en Euskalerria, «no es exhaustiva», debido a «cuarenta años de miedo y persecución»6. En realidad, presenta muchas lagunas y está bastante incompleta, sobre todo en cuanto a los religiosos, y algo menos respecto al clero diocesano. Hay que tener en cuenta que se realizó, básicamente, a partir de la información suministrada por los sacerdotes diocesanos que coordinaron o intentaron coordinar, a través de la revista Anayak7, el exilio religioso vasco en Francia. De ahí que sea conveniente completarla en base a fuentes más directas: los archivos diocesanos y de las congregaciones religiosas.
b) La localización espacio-temporal: Se trata de conocer los lugares de Francia donde se establecen estos religiosos exiliados; y más en particular, saber si lo hacen en conventos propios o recogidos en casas francesas8.
Por otra parte, tenemos las fuentes cualitativas, que nos van a proporcionar las características, desarrollo y demás vicisitudes de la presencia de religiosos vascos en los conventos franceses. Fundamentalmente se componen de:
-Las decisiones tomadas por las jerarquías en relación a estos conventos y sus moradores, como actas capitulares o decretos de los superiores provinciales en el caso de los regulares.
-Los libros-diarios de estas mismas residencias («historiales») y demás documentos sobre la vida cotidiana y la pequeña historia de cada una de ellas (por ejemplo, las «visitas canónicas»).
-Pero la fuente más rica es la correspondencia entre las diversas partes implicadas: sobre todo la mantenida por las jerarquías eclesiásticas   —3→   del País Vasco, con las nuevas autoridades militares y civiles, con las jerarquías de los países donde se hallan sus religiosos (en este caso Francia), e incluso con los mismos exiliados.



1.2. Los archivos de las órdenes religiosas en el País Vasco

1. Archivo de la provincia carmelita descalza de San Joaquín de Navarra (APSJN)9. Para el estudio cuantitativo, cuenta con las siguientes fuentes:
* La sección de personal o «carpetas biográficas», una por cada uno de los carmelitas descalzos que han pertenecido a la provincia de San Joaquín, que incluyen todos los documentos relativos a cada religioso, entre ellos sus sucesivos destinos.
* Se puede contar también con las nóminas impresas de los religiosos de la provincia, que incluyen, además de los datos personales, su distribución geográfica según destino en la fecha de edición. Existen, para estos años, tres de dichas nóminas.
En 1936, poco antes del comienzo de la guerra, se edita Status nostrae provinciae Navarrae sub titulo S. Joachim, Patris B. M. V. (Vitoria, Carmelitas Descalzos). Siguiendo la práctica que se había iniciado en las nóminas de 1933 y 1935, se usa la grafía euskérica en los apellidos de los carmelitas (k por c, tx por ch, y erre acentuada por rr). Mediante estas tres nóminas se puede hacer un seguimiento de los residentes en las diócesis de Dax (Landes) y Agen (Lot-et-Garonne) desde el advenimiento de la República.
La siguiente, de enero de 1939 (Catálogo de nuestra Provincia de San Joaquín de Navarra. Año 1939)10, además de éstos, recoge en un apartado especial a los «Religiosi diversis ex causis extra Provinciam degentes»11. Finalmente, se completa la trilogía con el Catálogo de nuestra Provincia de San Joaquín de Navarra a principios del año 194112.
Las fuentes cualitativas más importantes del APSJN, por su parte, se hallan recogidas en las secciones:
* General: «Actas de capítulos provinciales y consejos provinciales». Especialmente estas últimas, por ser en los consejos (una especie de gobierno permanente entre capítulos) donde se dilucidó en gran medida todo el proceso.
* G: «Conventos», carpetas Dax y Agen. Más que por los documentos oficiales de erección y cierre, interesa esta carpeta por su contenido sobre la vida diaria de los conventos: relación epistolar, libros diarios y contabilidad.
* E: «Jerarquía Carmelitana». Contiene básicamente cartas enviadas o recibidas por el superior provincial, ordenadas alfabéticamente por los periodos de mandato. Son especialmente jugosas las carpetas de relaciones con el general de la orden, con otras provincias carmelitas, con el gobierno civil (1890-1976) y con obispos (1907-1975).
  —4→ 
2. Archivo de la provincia franciscana de Cantabria13. Son relativamente escasas las fuentes para cuantificar la estancia de franciscanos vascos en Francia. Tenemos una sección del archivo dedicada a las nóminas (XVIII, «Estadística sobre personal de la Provincia»), aunque es bastante incompleta. Lo mismo ocurre, para el periodo que nos interesa, con las fuentes impresas: los Estados personales de la seráfica provincia de Cantabria, de los que conocemos ediciones en 1933 y en 1940 (Oñate). La fuente más completa sería XVII, «Asuntos personales de los religiosos», organizada de manera similar a la sección de personal de APSJN, pero es una sección reservada, que ni siquiera aparece desarrollada en el catálogo elaborado por Cándido Zubizarreta, disponible para su consulta en el propio archivo.
No obstante, se compensa esta escasez con la riqueza de las fuentes cualitativas, cuya consulta se facilita en gran medida debido a la excelente organización del mencionado catálogo. Las secciones en las que se incluyen aspectos sobre los conventos franceses, son:
* I: «Santa Sede», en especial la relación epistolar del superior provincial con altas instancias vaticanas o de la orden franciscana.
* II: «Capítulos provinciales y Juntas Definitoriales». Recogen las decisiones de los órganos de gobierno de la provincia religiosa. Son particularmente importantes, en cuanto a que en ellos se da cuenta de los cambios de destino, y se delibera sobre las situaciones de especial gravedad. Su consulta se halla enormemente facilitada por el vaciado temático realizado por Cándido Zubizarreta, para el periodo 1881-1981.
* La antes citada sección XVII.
* La sección de relaciones con otras provincias franciscanas (V). Particularmente, el apartado V-7 recoge la correspondencia entre el provincial de Cantabria y el de la provincia francesa de Saint-Denis; correspondencia iniciada cuando en 1931 se buscó en Francia refugio ante una previsible expulsión.
* El apartado dedicado a la pequeña comunidad de Saint-Palais (Basse Navarre, departamento de Basses Pyrénées), en la sección de las «Casas de la provincia». En este aspecto, también habría que incluir lo que sobre aquélla se señale en las visitas canónicas (sección IV).
3. Archivo de la provincia pasionista del Sagrado Corazón de Jesús de Bilbao14. El antiguo fichero de personal de la provincia (actualizado hasta finales de los 70, en que fue sustituido por el usado hoy día) se constituye como la base principal para la cuantificación. Se halla dividido en dos secciones, «clérigos» y «hermanos»; y abarca desde la llegada de los primeros pasionistas a España (finales del XIX). De manera escueta, indica los datos personales de cada religioso, así como los sucesivos destinos y sus fechas.
El resto del archivo comprende dos subsecciones, denominadas «personal» y «canónica»15. En la primera subsección, de carácter fundamentalmente epistolar, una fuente importante para nuestro tema van a ser las cartas cruzadas entre los superiores provinciales y las autoridades civiles. Más atención merecen, no obstante, los «historiales» o crónicas diarias de los diversos   —5→   conventos de la provincia; no sólo el de la localidad vasco-francesa de Ascain (Labourd, departamento de Basses Pyrénées), sino también de otros, en especial la Crónica de Gabiria y el Historial de Deusto.
Además son de gran interés, en este archivo, las memorias del por aquellos años provincial, Fulgencio Elorza16, que recopilan bajo el título de Recuerdos varios, entre otras cosas, todo el proceso de depuración que sufrió la provincia pasionista vasca.
4. Archivos de la provincia jesuita de Loyola. La información cuantitativa fundamental se puede obtener del Archivo de la curia provincial17, a partir de dos fuentes publicadas complementarias:
* Los catálogos de la provincia jesuita de Castilla, que englobaba en los años treinta a Euskalerria. «Suele(n) indicar el cargo que cada jesuita ocupa en su comunidad, elaborándose cada año y publicándose en letra de imprenta»18 en Oña o Bilbao. Presentan, ordenados según el lugar de residencia, la nómina de los religiosos de la provincia. Por su corta periodicidad, se puede realizar un seguimiento casi perfecto de los jesuitas que no vuelven del exilio forzado por la República en 1931.
* Se complementan estos catálogos (que sólo indican de cada jesuita su nombre completo y cargo, omitiendo otros datos personales) con las fuentes que sí nos lo proporcionan. Para los que han muerto dentro de la orden, el catálogo de Rufo Mendizábal (Catalogus Defunctorum in renata Societate Iesu ab a. 1814 ad a. 1970, Roma, Curia General Jesuita, 1972; con sus actualizaciones: la del periodo 1970-1985, y las posteriores anuales) es la obra básica; para los que por diversas razones se secularizaron, o permanecieron vivos, hay que acudir a los libros de ordenaciones y profesiones (1890-...) recogidos en este archivo.
El Archivo Histórico de Loyola19, por su parte, está más dedicado a épocas anteriores al siglo XX, aunque conserva algunas series sueltas que sobrepasan el límite de 1900. Entre ellas, el apartado de «documentación interna», dentro de sus limitaciones, puede ofrecer información sobre este exilio (Más bien, la no vuelta de él). Los «documentos de conciencia», no obstante, sólo pueden ser consultados con una autorización especial.
5. Archivo de la provincia capuchina de Navarra-Cantabria-Aragón20. La principal fuente manuscrita sobre los capuchinos de esta provincia, y sus destinos tras la guerra, se halla en la Descriptio localis et personalis Ordinis Fratrum Minorum S. Francisci Capuccinorum a Rvmo. P. Pacifico a Sejano, Ministro Generali, indicta. Provincia Navarrae, Aragoniae et Cantabriae. Ab anno Domini 1912 usque ad annum 1949, Volumen 1. Se trata del «registro oficial de la provincia», que «contiene los datos fundamentales de 644 clérigos y 272 hermanos profesos, de 1912 a 1949»21.
  —6→ 
Como complemento más exhaustivo, están las repetidas «carpetas personales», que incluyen entre otros documentos lo relacionado con las causas que producen, cuando así ocurre, el exilio de su titular a otras provincias españolas, a Francia o a las misiones en los años posteriores al inicio de la guerra.
Entre las fuentes para estudiar el exilio de capuchinos, tenemos una especialmente importante por sus implicaciones posteriores. Se trata de las necrologías de los religiosos recién difuntos, que inserta periódicamente en sus páginas el Boletín Oficial de la Provincia Capuchina de Navarra-Cantabria-Aragón22. Lo característico es que, en la reseña biográfica que se acompaña a la nota necrológica, se suelen verter con cierta frecuencia juicios de valor sobre los hechos en los que estuvo implicado el difunto. En las reseñas sobre los que sufrieron algún tipo de represión (entre ellos los que fueron «prudencialmente» destinados a Francia) además de la simple narración biográfica, comienzan a aparecer a partir de mediados de los sesenta, tímidamente primero, pero al poco ya abiertamente, una crítica contra aquella situación. Su carácter de publicación interna fue la que permitió, con toda probabilidad, estos primeros ejemplos de autocrítica, todavía en época de Franco.
Merece particular atención, por otra parte, el archivo conventual capuchino de Fuenterrabía23, debido a su especial situación al ser el más importante de los conventos que la provincia religiosa tenía en las Vascongadas. Destaca, sobre todo, la serie de correspondencia con las autoridades de Guipúzcoa (iniciada en 1908).
6. Otros archivos. Los claretianos también conocieron ejemplos destacados de extrañamiento; sin embargo, al no haberse formado aún, al iniciar la guerra, ni el embrión de lo que actualmente es la provincia de Euzkal-Herria, buena parte de esta documentación no se halla en el archivo de su curia24. No obstante, se puede hacer el trabajo cuantitativo en base a la sección «Libros» (personal, defunciones y movimientos, desde 1880). Una primera aproximación la ofrece el Catálogo de los claretianos de Euzkal-Herria, de Jesús María Alday (Bilbao, Curia provincial claretiana, 1986), que incluye a todos los religiosos vascos de esta orden que han existido, independientemente de su provincia de adscripción.
En cuanto a otras órdenes, convendría estudiar a sacramentinos, canónigos regulares de Letrán y trinitarios, de los que conocemos la existencia de casos más o menos aislados de exilio post-bélico en los países hispanoamericanos, razón por la que sospechamos pudiera existir entre ellos una etapa francesa en el proceso25.


  —7→ 
1.3. Los archivos y fuentes diocesanas

1. El medio a utilizar para la cuantificación del paso a Francia (y a otros países o destinos españoles de exilio o cárcel) de sacerdotes diocesanos de Euskalerria, viene dada por una conjunción entre fuentes impresas y archivísticas, de manera similar a lo que hemos observado con el clero regular.
Tanto en la diócesis de Vitoria, que abarcaba las tres provincias vascongadas, como en la de Pamplona, se editaban y editan regularmente las llamadas Guías diocesanas, nóminas con la situación y destinos intra o extra diocesanos de su clero adscrito. En el caso navarro, permiten realizar un primer seguimiento del exilio; en el caso vitoriano26, por el contrario, fue suspendida su publicación entre 1935 y 1940, no abarcando de esta manera precisamente los años claves del exilio francés.
En ambos casos, no obstante, se hace imprescindible recurrir a los respectivos archivos diocesanos. En el Archivo Histórico del Obispado de Vitoria27 se halla la sección «Expedientes personales», que incluye las fichas y documentación personal de todos los sacerdotes, numeradas en orden de incardinación28. En el Archivo Diocesano de Pamplona29, tenemos el apartado «Documentos personales», que recoge en unas 100000 fichas datos sobre sacerdotes, religiosos e incluso seglares de la diócesis.
2. En el aspecto cualitativo del exilio, además de los consabidos Boletines diocesanos y de los documentos recogidos en los expedientes personales, contamos con las series de relaciones episcopales con ámbitos extra diocesanos. En Navarra se hallan encuadradas, dentro del archivo «administrativo» o de «gobierno de la diócesis»30, en el apartado precisamente denominado «de relaciones exteriores», en particular los epígrafes de:
-Capitanía General de Navarra y Gobierno Militar.
-Diputación de Navarra.
-Gobierno Civil de Navarra. Conocer el proceso de depuración del clero.
-Diócesis españolas.
-Obispos y diócesis extranjeras. Conocer las vicisitudes de los extrañamientos y exilios.
El diocesano de Vitoria ofrece una muy similar información, siendo de consulta imprescindible la documentación generada bajo el mandato de los dos jerarcas provisionales que tuvo la diócesis tras el exilio del obispo Mateo Múgica: el vicario general Antonio Pérez de Ormazábal (que dirigió las primeras cartas de traslado a diócesis lejanas del País Vasco), y su sucesor, el administrador apostólico Javier Lauzurica.
  —8→ 
El archivo pamplonés ofrece, por su parte, un apartado dedicado a las «órdenes religiosas», lamentablemente aún por catalogar. Contienen sus carpetas, una por cada orden, básicamente la relación entre sus superiores y las instancias diocesanas. Sería necesaria una revisión a fondo, especialmente de las carpetas «jesuitas», «capuchinos» y «escolapios».
3. Tampoco hemos de olvidar la consulta a las fuentes diocesanas de los obispados que incluyen al País Vasco-Francés (Iparralde); es decir, las de Bayonne y Dax. Por su cercanía, y en algunos casos también por las vinculaciones culturales de ambos lados de los Pirineos vascos31, fue ésta una zona preferida en cuanto a la localización primera de los refugiados, en especial entre los religiosos.
En la relación establecida entre estas comunidades y la sede diocesana correspondiente, se pueden rastrear las con toda probabilidad interesantes visiones de la Iglesia local sobre el exilio y sus causas. En este aspecto, es especialmente interesante la figura del obispo vasco de Dax, Clément Mathieu, que destacó por su apoyo activo a la causa de los refugiados, no sólo religiosos, vascos. Un estudio similar puede hacerse extensible a otros obispados franceses, donde conste la presencia de exiliados religiosos vascos, aún de manera más aislada (Agen, Burdeos, Toulouse, Lille o París).





2. Otras fuentes

2.1. Fuentes archivísticas

1. Manteniéndonos en el campo de los archivos eclesiales, las fuentes romanas (tanto del propio Archivo Vaticano, como de los archivos de las curias generales de las diferentes órdenes religiosas, e incluso del mismo archivo de la Embajada española ante la Santa Sede32) nos pueden poner en la pista del debate que se suscitó alrededor de la situación de perseguidos de unos religiosos en la nueva España católica, así como de las presiones que el gobierno español debió realizar al respecto.
2. Además, aunque ya saliéndonos de los límites que nos hemos marcado en esta comunicación, habría que consultar los «archivos del exilio»33, pertenecientes a personas o instituciones (Partido Nacionalista Vasco, Gobierno Vasco34) exiliadas, por las relaciones que se establecieron entre éstas y los religiosos.


  —9→ 
2.2. Fuentes publicadas y orales

1. La obra clave para entender la génesis y desarrollo del proceso, es Imperativos de mi conciencia, escrito en 1945 como carta a José Miguel de Barandiarán por Mateo Múgica, obispo de Vitoria al inicio de la guerra35. Su valor radica en el hecho de suponer la rectificación del primer obispo español que apoyó públicamente la rebelión militar36, y que pasó con esta obra a realizar «una defensa nítida, limpia de sus sacerdotes, seminaristas y pueblo»37, entre ellos de los exiliados.
2. También aportan datos respecto a la magnitud del exilio los sucesivos manifiestos y cartas colectivas de sacerdotes vascos en denuncia del régimen. Se hallan recogidas en varias colecciones documentales38, destacando especialmente la más temprana: la memoria-protesta dirigida a Pío XII por varios miembros del clero vasco, de 25-XI-194439.
3. No obstante, quienes mejor pueden expresar las vivencias del exilio son los propios religiosos que lo experimentaron.
Además de la anteriormente citada revista de los exiliados, Anayak, hay diversas obras publicadas enfocadas desde esta óptica. Destaca, por su especial personalidad, la del canónigo de Valladolid Alberto Onaindía: representante oficioso del Gobierno Vasco ante el Vaticano y tras la derrota, el padre Olaso de la Radiodifusión Francesa40. Se trata de la serie Capítulos de mi vida41, en cuyos dos tomos se hallan repartidas las vicisitudes de su etapa francesa. Del primero es de mencionar el apartado «Evacuación de los niños vascos al extranjero», que recoge un informe presentado en abril de 1940 a la Santa Sede sobre la situación de éstos y la actuación de los sacerdotes que los acompañaban; del segundo, tenemos dos importantes apartados: la introducción (titulada «El exiliado») donde realiza una semblanza del sacerdote exiliado vasco (pp. 11-15); y los «Retratos», que recogen su visión de personalidades católicas francesas que conoció: los cardenales Verdier y Liénart, de París y Lille respectivamente (pp. 270-300), el obispo de Dax, Mathieu (pp. 301-303), y el escritor François Mauriac (pp. 304-308)42.
También del carmelita Alejandro Larracoechea (Hipólito de Santa Teresa), tenemos publicados los diarios de sus primeros años de exilio, entre Roma y   —10→   Agen, así como la documentación que recopiló sobre las gestiones vascas ante la Santa Sede43.
En la misma línea, aunque sin marcar tan explícitamente el carácter autobiográfico, se hallan diversas publicaciones del sacerdote exiliado Iñaki de Azpiazu44, en especial la pequeña carta dirigida al secretario general del Concilio Vaticano II45; o el libro más tardío del también sacerdote Julen Rentería46.
Pero más importancia adquieren, en estos momentos, las fuentes orales, sobre todo por la urgencia que tiene su obtención. El reciente fallecimiento del escolapio Justo Mocoroa47 nos recuerda el hecho de que, en el plazo de no más de diez años, probablemente desaparezcan los protagonistas de este exilio. José Miguel de Barandiarán, el padre de la prehistoria vasca y refugiado durante más de una década en la localidad vasco-francesa de Sare, cuenta ya con 101 años de edad48.






  —11→ 
ArribaBibliografía
-ANASAGASTI, Iñaki y SAN SEBASTIÁN, Koldo, Los años oscuros. El Gobierno Vasco. El exilio, San Sebastián, Txertoa, 1985.
——, Censo de Archivos del País Vasco, 3 vols., San Sebastián, Eusko Ikaskuntza, 1986-1988.
——, Xº Congreso de Estudios Vascos. Pamplona, 1987, San Sebastián, Eusko Ikaskuntza, 1988.
——, Iº Congreso General de Historia de Navarra (=Príncipe de Viana, anexos), vol IIº: Comunicaciones de Archivística, Pamplona, Institución Príncipe de Viana, 1988.
-DE LA GRANJA, José Luis; «Archivo de la Guerra Civil de Salamanca. Un archivo histórico fundamental para la República y la Guerra de Euskadi», Cuadernos de Sección. Historia y Geografía, 2 (1984), San Sebastián, Eusko Ikaskuntza, pp. 219-234.
——, Historia General de la Guerra Civil en Euskadi, 8 vols., Bilbao-San Sebastián, Naroki-Haranburu, 1979-1982.
——, Los archivos de la Iglesia en España, León, Centro de estudios e investigación «San Isidoro», 1978.
-RENTERÍA URALDE, Julen; Pueblo Vasco e Iglesia. I: Bizkaia en la diócesis de Vitoria (1930-1950), Bilbao, Askatasuna, 1982.
-ROLDÁN GUAL, José María; Repertorio bibliográfico sobre archivología vasca, San Sebastián, Eusko Ikaskuntza, 1987.

——, Iª Semana de Estudios de Historia Eclesiástica del País Vasco, Vitoria, Eset, 1981.

jueves, 1 de mayo de 2014

El Misionerismo y la presencia religiosa vasca en América (1931-1940): Dificultades y emigraciones forzosas
Óscar Álvarez Gila

  —1→ 
0. Introducción
El decenio que abarca, de una manera aproximada, los años 30 del presente siglo, va a suponer una dislocación en el proceso constante y constantemente ascendente que la presencia religiosa vasca en Hispanoamérica, y en general en otros continentes, estaba experimentando desde 1880.
La segunda Guerra Carlista marcó, de hecho, el final de las grandes ofensivas anticlericales del siglo XIX, materializadas de manera especial en las dos exclaustraciones vividas en 1835 y 1868. Algunos de los religiosos (y sacerdotes) más decididamente carlistas marcharon a América; los que se quedaron, a pesar de algunas reticencias iniciales para permitir la apertura de conventos «en el norte», pronto pudieron volver a la normalidad de la vida religiosa regular en el País Vasco.
A partir de ese momento, las órdenes religiosas conocieron medio siglo de relaciones más que aceptables entre la Iglesia y el nuevo régimen de la Restauración. Esta pax romana les permitió, no sólo su recomposición y desarrollo por España, sino también realizar el que para muchas de ellas era su primer salto ultramarino y establecimiento en los diversos países americanos de habla hispana. Si en 1880 tenemos allí localizados una cifra de 100 religiosos vascos, para 1900 ya eran 403, 756 en 1920 y 913 en 19191.
En 1931 se produce un corte en la regularidad del envío existente hasta ese momento. Desde ese año, y hasta 1940, la presencia religiosa vasca en América va a experimentar momentos de un gran auge, por una afluencia masiva de personal desde Europa, separados por años de práctica congelación en los envíos a destinos ultramarinos.
El primero de los momentos corresponde a un problema general a toda España, el temor que produce en ciertos sectores de la Iglesia la llegada de la Segunda República. El otro, en cambio, es un hecho específicamente vasco, y que afecta además sólo a un determinado sector de su clero: la situación del llamado «clero vasco»2, en especial tras la toma de Bilbao en junio de 1937, en plena Guerra Civil.


  —2→ 
1. El primer momento. Mayo-diciembre, 1931
Casi desde el mismo momento en que se proclamó, el 14 de mayo de 1931, la Segunda República, la Iglesia católica española (entendida como su jerarquía) dejó patente su desconfianza hacia el nuevo régimen.
Sin haberse llegado a una simbiosis oficial, era un hecho que Iglesia y Estado habían logrado una entente, plenamente satisfactoria para ambas, durante los años de la Restauración borbónica. Es muy significativo que esta jerarquía no pronunciase su público acatamiento al nuevo poder, hasta que así se le ordenase expresamente desde el Vaticano3; el decreto de libertad religiosa, que sancionaba la aconfesionalidad y el librecultismo de la nueva República y desplazaba a la Iglesia católica de su anterior posición de primacía, no hizo sino acrecentar la prevención eclesiástica. Las quemas de conventos, el victimismo encarnado en la huida del cardenal Segura, la confusión entre política y religión en medios católicos y no católicos, eran otros tantos signos de un desentendimiento cuyo máximo exponente sería la primera expulsión del obispo de Vitoria, el integrista y monárquico Mateo Múgica, al exilio francés.

1.1. Dificultades para el misionerismo vasco

Es el movimiento misional diocesano uno de los aspectos en los que se puede observar de forma más directa los efectos de esta nueva y difícil situación en la vida de la Iglesia vasca, y más concretamente de los aspectos no directamente relacionados con las tan estudiadas jerarquías.
El periodo 1918-1930 había sido los años dorados de la propaganda misional en España. Las misiones se habían convertido en el «gran tema» en el que convergían gran parte de las actividades de la Iglesia española. Surgieron durante esos años diferentes asociaciones, colectas y otras muchas iniciativas con el denominador común de informar sobre y recaudar apoyo para las misiones católicas.
Nos encontramos ante un movimiento que se hallaba en gran medida encabezado por vascos. En el triángulo Vitoria-Pamplona-Burgos surgieron y tuvieron sus primeras sedes centrales españolas las tres grandes asociaciones propagandísticas católicas, las Organizaciones Misionales Pontificias4. Las diócesis de Vitoria y Pamplona pugnaban por el primer puesto de toda España en sus recaudaciones misionales.
En Vitoria, además, la creación en 1922 de un «Secretariado de Misiones»5, cuyo fin era constituirse en el centro activo de la propaganda misional por la diócesis, supuso un hecho clave. Al año siguiente las recaudaciones se doblaron: se organizaron   —3→   «días misionales» (a los que acudían propagandistas preparados por el secretariado) y dos grandes semanas en Bilbao y San Sebastián.
Entre los primeros colaboradores del secretariado, y que en 1926 pasaría a ser su director, se hallaba el sacerdote José de Ariztimuño. Su trabajo en este organismo le llevó, además de a implantar progresivamente el modelo de propaganda parroquial que había observado en Italia, a dirigir y escribir periódicamente para su revista Gure Mixiolaria / Nuestro Misionero. Estrictamente bilingüe, fue en ella donde comenzó Ariztimuño a escribir en vasco, animado por Manuel de Lekuona (encargado de la traducción euskérica de los artículos) y a utilizar el sobrenombre por el que es conocido, Aitzol.
Aitzol abandona el secretariado a inicios de la década de los treinta, para dedicarse más de lleno a otras actividades, entre ellas la literatura vasca para la que ha sido ganado. Desde Gure Mixiolaria, realizando un resumen de los diez años precedentes, se rezumaba optimismo para el futuro: «No dudamos que la década que empezamos ha de ser verdaderamente consoladora para [...] salvación de los pobres sin fe»6.
No fue así. Por una parte, las recaudaciones iniciaron un rápido descenso, en buena medida debido a la crisis económica. Pero más gravedad revistieron las cortapisas que la nueva situación política ponía al tradicional modo de hacerse la propaganda misional. La imposibilidad de celebrar los anteriores y multitudinarios actos públicos cerró todo camino a los alardes en los que se habían basado los «días» y «semanas» misionales. En 1931, la asamblea de propagandistas de Vitoria recomendaba que «allí donde no convenga o no sea posible la procesión misional, se organice una velada u otro acto público, interesando en su celebración al mayor número de personas posibles»7. Los días habían quedado reducidos a «sermones, pláticas y conferencias»8.
Cuando en marzo de 1933 se pudieron reanudar las semanas misionales, en San Sebastián, eran evidentes los cambios producidos respecto a la última celebración. Seguía presentando los actos puramente religiosos, como triduos o misas, y las conferencias y veladas teatrales en el Gran Kursaal; pero ya no había actos callejeros, ni se contaba con la participación de las autoridades civiles.



1.2. Las primeras emigraciones forzosas

El estado de prevención originado entre los religiosos por todas estas dificultades, vino a culminar en alarma tras la aprobación de la Constitución, en noviembre de 1931.
  —4→  
No sólo se declaraba, en su artículo 26, la absoluta separación entre Iglesias y Estado. Se añadía además una cláusula, que no era sino un ataque directo a la Compañía de Jesús:
Quedan disueltas aquellas Órdenes religiosas que estatutariamente impongan, además de los tres votos canónicos, otro especial de obediencia a una autoridad distinta de la legítima del Estado. Sus bienes serán nacionalizados y afectados a fines benéficos y docentes.


Siguiendo el mandato constitucional, el 24 de enero de 1932 la Gaceta de Madrid publicaba la orden de disolución de la Compañía.
Esta disolución nunca fue continuada por decreto exclaustrador general alguno. Su fin era servir de equilibrio entre los más radicales, a los que se contentaba actuando con firmeza contra la tradicional «bestia negra» católica, y el pragmatismo que desaconsejaba realizar cualquier acto que pudiera descalificar a la joven república.
Sin embargo, sí provocó en el resto de las órdenes el convencimiento de que tal medida exclaustradora podría ser tomada en cualquier momento. El mismo artículo 26 dejaba abierta la posibilidad de disolución de una congregación religiosa de manera discrecional por el Estado. Como escribía el provincial franciscano de Cantabria a su correspondiente de la provincia francesa de Saint-Denis:
C'est avec une confiance franciscaine que je m'adresse a Vous, pour vous proposer une question que me préoccupe. Vous étés au courant des événements politiques de l'Espagne et quand la loi d'Assotiations soi publié peut être nous serons au risque d'être exilés9.


La reacción fue la búsqueda, en un plazo corto de tiempo, de refugios en el extranjero, para el caso de que ocurriera tal eventualidad y hubieran de partir al exilio, como ya lo habían hecho los jesuitas a Bélgica. Los países preferidos para esto eran los europeos, especialmente la vecina Francia; la cercanía a España era considerada como la principal de las características exigibles al posible refugio, por lo que parece que en ningún momento se planteó un exilio definitivo, sino una simple marcha con la mirada puesta en la vuelta a España.
Las gestiones no se hicieron esperar. Hubo algunos casos en los que se contactó con las provincias francesas de cada orden religiosa, como los antes mencionados franciscanos de Cantabria:
C'est pour quoi en cas de cet évenement malheureux, je me permets vous demander, si vous sériez prêt a admettre dans les couvents de votre Province Seraphique quelques Pères et Frères [...]10.


Sin embargo, en prácticamente todos los casos se optó finalmente por establecer una residencia propia, en el caso vasco por lo general localizada en el País Vasco francés, o a lo sumo en la Aquitania, en un arco de Burdeos a Pau. Así, los franciscanos vascos acaban instalándose en Saint-Palais, en la Baja Navarra;   —5→   los carmelitas de la provincia de «San Joaquín de Navarra» en Dax y Agen; los pasionistas, cuya curia radicaba en Deusto, en el pueblo labortano de Ascain, a escasos kilómetros de la frontera guipuzcoana. Sólo los agustinos recoletos, entre cuyas filas eran muy numerosos los navarros de la Ribera, prefieren establecerse en Inglaterra11.
Sin embargo, y antes incluso de que comenzaran a hacerse estas gestiones, las jerarquías de las órdenes religiosas ya habían realizado, de un modo inmediato en el mismo 1931, el traspaso de ciertos de sus miembros más «débiles» al extranjero: su personal en formación. El movimiento es de tal magnitud, que en tan sólo tres meses el Secretariado de Misiones de Vitoria contabiliza la partida de alrededor de cincuenta religiosos de ambos sexos a misiones en general, de los cuales significativamente destaca que «envían de todo, desde misioneros ya formados hasta jóvenes coristas»12; lo cual indica el carácter anormal del envío de estos últimos.
El destino preferente de estos religiosos es América: es el único lugar donde las órdenes religiosas, por lo general, tienen casas formadas propias (es decir, dependientes de los mismos superiores que en España). Es, por lo tanto, donde más rápido acomodo pueden encontrar los neoprofesos y coristas, y donde con más garantías van a poder continuar su proceso de formación sin excesivas rupturas.
Como se observa en el cuadro número 1, los religiosos vascos presentes en Hispanoamérica aumentan, de finales de 1930 a finales de 1932, en 76 (cuando la media de los años precedentes, que pueden ser considerados todavía dentro del boom que esta presencia vive desde 1918, es de 15 anuales). El mismo año 1931 conoce la mayor cifra de primeros envíos a América13 de todo el periodo 1820-1960, 86 religiosos, de los cuales nada menos que 39 son coristas.
Cuadro n.º 1: Número de religiosos vascos presentes en Hispanoamérica. Elaboración propia.
AÑO   NÚMERO      AÑO   NÚMERO
1930  924    1936  1000
1931  980    1937  1006
1932  1000  1938  1037
1933  996    1939  1047
1934  1003  1940  1061
1935  1000             
Así, los carmelitas descalzos vascos envían sus estudiantes a los conventos que poseían, desde 1899 y 1911 en Chile, Perú y   —6→   Colombia14, en clara contradicción con su práctica habitual hasta ese momento, que consistía en enviar sus misioneros jóvenes sólo (e inmediatamente) después de haber sido ordenados.
Los agustinos recoletos de la provincia de San Nicolás de Tolentino o «Filipina», con curia en Marcilla (Navarra), llegan a realizar un envío a su misión venezolana, inaugurada en 1898, compuesto por un sacerdote y sus diez alumnos coristas, de ellos cuatro navarros.
Sólo los jesuitas, por razones obvias, envían a ese mismo país una mayoría de personal ya formado.



1.3. Compás de espera

Los cuatro años siguientes supusieron, para la presencia religiosa vasca en América, la primera paralización de su ritmo ascendente. Por primera vez desde 1840, se producían sendos saldos negativos, en 1933 y 1935 (cuadro n.º 1). A mediados de 1936 encontramos en Hispanoamérica no sólo el mismo número de misioneros vascos que había cinco años antes, sino que además éstos eran prácticamente las mismas personas. Todo el proceso de envío y vuelta de las casas americanas a las europeas, si no se había paralizado, por lo menos sí que había sufrido una ralentización.
La nueva situación política, pero sobre todo la ofensiva que ante ella lanzó la Iglesia, y que necesitaba del concurso de todas las fuerzas católicas, fue posiblemente el principal de los factores que hizo que se retuvieran a este lado del océano a los que, en condiciones normales, hubieran acabado ocupando destinos en América.





Arriba2. El segundo momento. Julio, 1936-enero, 1940

2.1. El «clero vasco» tras la Guerra Civil

Una de las más importantes diferencias entre las generaciones de eclesiásticos (especialmente las más jóvenes) que componían el cuerpo religioso vasco en 1936, y sus inmediatas antecesoras se hallaba en la política. El nacionalismo iba ganando terreno en estos sectores del clero, en detrimento de la atracción afectiva que aún sentía la generación anterior por carlismo e integrismo15, como era el caso del obispo Mateo Múgica.
La relación entre este filonacionalismo clerical y las jerarquías se estableció, por lo general, a caballo entre la represión y el pragmatismo, con tendencia a incidir en lo primero16. La   —7→   misma jerarquía que admitía la participación de sacerdotes en actos políticos carlistas o tradicionalistas17, atacaba duramente, bajo la acusación genérica de hacer política, a los que mostraban simpatías nacionalistas.
Dentro de las mismas órdenes religiosas, llegaron instrucciones tendentes a cortar los brotes que pudieran haber surgido. En 1933, el general franciscano en Roma envió instrucciones al provincial de Cantabria al respecto:
[...] han llegado a la Santa Sede quejas contra algunos religiosos que, atendiendo a intereses personales y regionales, desoyen la voz y los mandatos de los Prelados diocesanos que procuran la unión de todos los Católicos a fin de conseguir el triunfo de la causa católica [...]. Por lo mismo exhorto y mando a todos nuestros religiosos, Superiores y súbditos, que depongan todas las afecciones particulares de partido y de región [...]18.


En esta situación, llegó a considerarse dentro de dichas «afecciones de región» cualquier participación activa en el desarrollo de la cultura o la lengua vasca. Incluso la predicación en euskera, impuesta por la simple necesidad de hacer entender el mensaje cristiano al pueblo que se quería adoctrinar, podía tomarse como un signo de apoyo a las tesis separatistas. Reaparecían los fantasmas que había lanzado el abad de La Calzada, en su protesta contra la creación de la diócesis de Vitoria en 186219: el hecho de establecerse en el Seminario vitoriano unas clases de antropología (a cargo de José Miguel de Barandiarán), unido a las exiguas clases de vasco que ya se impartían, hizo que se recibieran denuncias sobre la infiltración del nacionalismo en el centro20. Y el mismo Secretariado de Misiones vitoriano fue objeto de parecidas acusaciones.
La Guerra Civil, y sobre todo la conquista, en 1937, del último territorio vasco por las tropas insurrectas, van a suponer el inicio de una persecución sistemática contra estos sectores del clero. No sólo afectó a los que realmente defendían ideas nacionalistas de palabra u obra, sino también a aquellos que no habían apoyado incondicionalmente el alzamiento desde su inicio, culpables por omisión. Y no hay que olvidar que, por otro lado, fueron muchos los sacerdotes y religiosos que colaboraron con el nuevo régimen.
Aunque en los primeros días de la guerra, los obispos de Vitoria y Pamplona sólo condenaban la «alianza antinatural entre católicos y enemigos de la religión»21, tras la toma de Bilbao es el propio ideario nacionalista el que recibe los ataques:
Para siempre (todo hay que decirlo) desaparecerá también de nuestra tierra ese clérigo secular, o regular, que daba durante los últimos años el lamentable espectáculo de la traición a la Patria desde las gradas sacrosantas del altar o   —8→   desde las alturas doctorales del púlpito. La gran vergüenza del clero separatista, ese también se acabó para siempre22.


Se ha publicado mucho sobre la depuración que se realizó entonces contra el clero secular, tanto en la diócesis de Vitoria como en la de Pamplona. Tras la alarma de los primeros fusilamientos de sacerdotes, en Vitoria la represión quedó confiada a las manos eclesiásticas del «hombre que hablaría de Dios hablando de España», el administrador apostólico Javier Lauzurica. Mateo Múgica, nuevamente, había partido al exilio. En Navarra se dieron casos de confinamientos, sanciones e incluso algún fusilamiento23.
Se incoaron procesos canónicos, alejando de los cargos de responsabilidad a las personas que no habían demostrado claramente una consonancia con los ideales de la cruzada. Más de 800 sacerdotes sufrieron algún tipo de represión24.
Pero también en el clero regular se dieron denuncias25; las curias de las diversas provincias vieron cómo eran relegados de cargos de responsabilidad los más sospechosos:
Puedo afirmar que Padres muy dignos fueron excluidos de cargos de importancia, porque la prudencia exigía en las actuales circunstancias su exclusión por parecer inclinados a la política vasquista, que tampoco debe confundirse con el separatismo26.


Incluso se intentó hacer desaparecer alguna de las provincias vascas ya formadas. Entre los pasionistas, se propuso «la simple anexión de las casas de Bilbao, Irún, Angosto y Tafalla a la provincia de Castilla, dejando para la Provincia del Norte tan sólo las casas de Gabiria y Villarreal de Urrechu»27.



2.2. El exilio: modos, vías

A pesar de todo, la medida que afectó a más personas fue el alejamiento, forzado o aconsejado, del País Vasco. Existían ya antecedentes de haber utilizado este recurso al extrañamiento, en concreto a las misiones de Hispanoamérica, de religiosos sospechosos de nacionalismo vasco; así había ocurrido entre los capuchinos de Navarra-Cantabria-Aragón hacia los años 1910-191528.
  —9→ 
Hubo algunos casos en los que es la propia autoridad pública la que ordena toda una serie de deportaciones, confinamientos e incluso encarcelamientos de religiosos, lejos de Euskalerria. Ya al poco de tomar Guipúzcoa, los jefes militares habían dictado algunas expulsiones de la provincia29; lo propio hará el mando militar competente al ocupar Bilbao30. En Navarra la comandancia de Pamplona contaba con listas de aquellos que debían ir al destierro, entre ellos el provincial de los escolapios31.
Pero, en otros muchos casos, fue la prudencia la que aconsejó estos alejamientos. Y en este caso, no bastaba con salir a regiones españolas más o menos alejadas del País Vasco. Como se quejaba Mateo Múgica, respecto a los sacerdotes diocesanos de Vitoria:
[...] unos antes y otros después, salieron muchos de mis sacerdotes al extranjero, o a otras diócesis de España [...] huyeron a Inglaterra, a Bélgica, a Francia, a las Américas32.


Y en aquellas órdenes con una presencia misionera en otro continente, el dar destino para esos lugares a los más implicados era una solución, convertida en la casi única posible después de que los conventos franceses hubiesen dejado de ser seguros, tras el inicio de la Segunda Guerra Mundial33. Nuevamente, América se convertía en un lugar de refugio para los exiliados, como señalaba el provincial franciscano de Cantabria, en 1939:
Por esta prudencia previsora, sin que ninguna autoridad ni civil ni militar nos obligara, destinamos en los primeros días de mi gobierno -agosto de 1937- a la Misiones de Cuba y del Paraguay a unos cuantos Religiosos, que en tiempos pasados se habían distinguido algo por sus aficiones políticas34.


No sólo los franciscanos aplicaron esta política de prudencia35. El provincial capuchino, además de dar obedientias simulatas36 a Chile y otras misiones, aprovechó la coyuntura para dar los primeros pasos en la creación del comisariato ecuatoriano,   —10→   intentando responder a las primeras peticiones de personal que desde Ecuador se le hacían, con religiosos residentes en el exilio de los conventos franceses, en 1938.
No obstante, el caso más espectacular fue el de los jesuitas. Aquellos que no serían bien recibidos en la nueva España no volvieron del exilio belga, y desde su refugio coyuntural de Europa dieron el salto definitivo a América37. Se produjo así un aumento notable de personal vasco en las residencias venezolanas; pero sobre todo en las centroamericanas. En los catálogos de esos años de la provincia de Castilla38 se puede comprobar el increíble aumento de personal que tiene la recién creada (1937) «viceprovincia Centroamericana». De los 17 jesuitas que había en 1937, se pasa al año siguiente a nada menos que 5539.
De esta manera, tras los años de paralización republicana antes mencionados, los tres últimos de la década van a conocer, aunque a menor escala que lo visto en 1931, un aumento de la presencia de religiosos vascos en Hispanoamérica (cfr. cuadro n.º 1). Este aumento se vuelve más significativo, al comprobar su carácter coyuntural por el hecho de ser un fenómeno aislado: los años siguientes se seguirá produciendo un estancamiento en la presencia, que no volverá a crecer hasta pasada una década.
Pero el aumento producido entre 1937 y 1940 también presenta diferencias cualitativas con la huida de 1931: se trata de una emigración de personal ya formado, y en muchos casos con una anterior experiencia americana. Encontramos numerosos misioneros que parten a América a una edad desacostumbrada, atendiendo a la manera de proceder anterior de las mismas órdenes religiosas.
En los capuchinos toda una serie de religiosos son enviados a Argentina o Chile veinte años más tarde que sus compañeros de generación40. La media de edad de los envíos de carmelitas descalzos a Chile se sitúa, entre 1937 y 1938, en alrededor de 48 años41. En ambas órdenes también observamos personas que, habiendo cumplido ya sus años misioneros, han de volver a cruzar el Atlántico.
Un caso singular va a ser el escolapio, en el que la persecución va a incidir de un modo especial. Quizá debido a la voluntad férrea que atribuye Julen Rentería a sus superiores42, el hecho es que en los primeros años de régimen franquista no enviaron a América a los religiosos considerados más peligrosos por las autoridades, aunque sí dejaron a muchos oscurecidos en cargos inferiores   —11→   a su capacidad, como simples maestros en los colegios de la orden. No será hasta los años cincuenta cuando saquen del ostracismo a tres de estos escolapios, que serán los que pongan las bases de la presencia de la provincia de Vasconia en Venezuela, Brasil y Japón43.



2.3. Diferenciaciones regionales y entre institutos

Esta última emigración forzosa que conoce el decenio, por su carácter selectivo, no va a afectar por igual a todas las órdenes, puesto que va a mostrar grandes diferencias atendiendo al lugar de nacimiento de los religiosos.
Desde 1820, es ésta la primera ocasión en la que la evolución general que se observa para el conjunto de Euskalerria no tiene un reflejo más o menos fiel en las evoluciones parciales de las diferentes provincias. Observando la variación de religiosos presentes en América (cuadro 2), entre 1935 y 1940, diferenciados por el origen geográfico, obtendremos las siguientes cifras:
Cuadro 2: Evolución del número de religiosos vascos en Hispanoamérica, de 1935 a 1940, por provincias44. Elaboración propia.
GUIPÚZCOA            VIZCAYA       ÁLAVA           NAVARRA
1935  256    197    107    426
1940  273    228    103    425
Dos zonas se perfilan claramente: por una parte la Euskalerria costera, donde se experimenta en gran medida la situación ya descrita de persecución y huida; y por otra parte Navarra y Álava, con una situación más compleja, sobre todo en la primera de ellas.
Se pueden encontrar dos causas para explicar esta evidente singularización regional de las regiones del interior. Por una parte, el clero de ambas provincias estaba considerado menos sospechoso, e incluso más proclive a la colaboración. En Álava, y especialmente en Navarra, el apoyo al levantamiento estaba muy extendido, y en general su «clero diocesano fue el pilar de la insurrección»45.
La segunda causa reside en la falta de clero, que al menos tenemos comprobada en Navarra, motivada por los efectos de la guerra. El obispo de Pamplona, el baracaldés Marcelino Olaechea, en su pastoral sobre el día del Seminario de 1939, escribía:
  —12→ 
¡En Navarra escasean también los sacerdotes! y esa escasez durará años y será más intensa en los que vamos a vivir. Hemos tenido cerca de ochenta parroquias sin cura [...]46.


Dada esta situación de necesidad, un envío masivo de eclesiásticos al exterior corría el peligro de ser interpretado de un modo negativo. En este sentido, tenemos constatados incluso casos de sacerdotes diocesanos, que retornan en este momento tras una estancia americana. El ejemplo más destacado, por la relevancia que alcanzó a su vuelta, es paradójicamente un vizcaíno: Zacarías Vizcarra, residente desde 1912 en Buenos Aires, que pasa a ser nombrado nuevo director de la Unión Misional del Clero en España, el año 193847.
Navarra es, como hemos indicado, el caso más complejo. La aparente situación estacionaria que parecen indicar las cifras (cuadro n.º 2), oculta en realidad unas muy grandes divergencias entre las diferentes órdenes religiosas: mientras algunas ven aumentar espectacularmente su personal navarro en América en esos cinco años, otras experimentan un descenso de idénticas características, que llegan a neutralizarse mutuamente. Capuchinos y jesuitas fueron los que sufrieron el mayor exilio en Navarra, mientras que la orden agustina recoleta tenía en 1940 tres religiosos menos en América que diez años antes.
Esta diferenciación entre órdenes, a pesar de todo, sólo es atribuible al origen geográfico del que cada una de ellas extrae mayoritariamente sus vocaciones. Por ejemplo, los agustinos recoletos provienen fundamentalmente de pueblos del sur de la merindad de Olite, o de la de Tudela. Su descenso en número se halla así relacionado con el hecho de ser éste el único momento en el que los tradicionales focos misioneros navarros (Pamplona y la ribera de Tudela) ceden su puesto a otras zonas, que nunca habían destacado ni destacarían después en este aspecto, por ejemplo al valle del río Araquil, o al de Larraun (mapa n.º 1)48.



2.4. Una emigración vasquista

La característica diferencial de esta emigración forzada, es que se trata de un grupo de religiosos unidos, además de por la religión, por una vinculación especial y activa hacia Euskalerria y lo vasco; ya fuera desde unos planteamientos culturales, ya fuera desde una ideología nacionalista. Los núcleos que se van a formar en los diversos países sudamericanos donde finalmente se instalen, van a reflejar esta vinculación.
  —13→ 
En el campo estrictamente cultural, se puede afirmar que fue el de estos religiosos uno de los grupos más activos, especialmente en los primeros años y en el terreno específico de la lengua vasca y todo lo relacionado con ella.
Nombres más o menos conocidos se distribuyen por todo el continente. En Cuba encontramos a Imanol Berriatua, o al antes citado Basilio de Guerra, ambos franciscanos. El grupo de jesuitas centroamericano, capitaneado por Jokin Zaitegi y su Euzko-Gogoa y entre los cuales encontramos, entre otros, a estudiosos como Jorge de Aguirre o José María Estefanía, llega a tener ramificaciones entre sus compañeros de orden, igualmente vascos, de Venezuela, donde trabaja activamente un Luis María Arrizabalaga. En Chile, hallamos en los conventos carmelitas a Pedro Ormaechea Aldama, o al poeta zornotzarra Santiago Onaindia. En Argentina, por su parte, un importante núcleo de capuchinos (así como algunos sacramentinos, trinitarios o canónigos regulares de Letrán) se integra en las iniciativas vascas surgidas en el país, que habían tomado un nuevo impulso debido al mismo exilio. Bonifacio de Ataun será, así, el primer director del Boletín del Instituto Americano de Estudios Vascos, donde, entre otros, colaborará Jorge de Riezu.
Pero la colaboración de estos religiosos con la comunidad vasca de la diáspora no acabó ahí. En Argentina, en Venezuela, en Uruguay, los religiosos vascos forman auténticos grupos de presión para lograr el apoyo a los refugiados vascos. En los dos primeros países, el apoyo se llegará a materializar en sendos decretos favorecedores de la inmigración de vascos, dirigidos específicamente a la recepción de los exiliados que comenzaban, en 1940 en Francia, a sufrir los problemas de la recién comenzada Segunda Guerra Mundial.



Iglesia vasca y política franquista. Ejemplos en la provincia franciscana de Cantabria

Óscar Álvarez Gila1


  —1→ 
El objetivo de la presente comunicación es presentar dos casos inéditos de religiosos involucrados en problemas, más o menos explícitamente, con la autoridad civil, a causa de actos contrarios a o condenados por el régimen franquista.
La fuente principal utilizada ha sido el Archivo de la Provincia franciscana de Cantabria, en San Sebastián. Igualmente, se han utilizado fondos del archivo de secretaría del Centro Vasco Euzko Etxea de Caracas, bibliografía testimonial de religiosos exiliados y la corta producción historiográfica sobre la Iglesia vasca de 1937 a 1975.





1. La Iglesia vasca en la España de Franco

Iglesia, alzamiento y exilio

Es prácticamente imposible definir la situación de la Iglesia en Euskalerria tras 1939 con otra palabra que no sea la de complejidad.
Es cierto que los obispos que ocupaban las sedes de Vitoria y Pamplona habían demostrado ampliamente su identificación total y absoluta con el régimen. Esto era especialmente notorio en la primera, que había visto expulsado a su legítimo pastor, Mateo Múgica, reemplazado por el administrador apostólico Lauzurica, que se autodefinía como «un general más a las órdenes de Franco». Además, una buena parte del clero diocesano de Navarra y Álava impregnado de un fuerte idealismo religioso y patriótico2, se había identificado en ideas y objetivos con el levantamiento.
Sin embargo, también existía un sector crítico ante esta actitud servil de la iglesia «oficial» para con un régimen que escondía, bajo la defensa de la religión, un totalitarismo de corte fascista rechazado ya desde la misma Roma. Este sector crítico, autodenominado «clero vasco»3, se nutría especialmente de clero   —2→   secular de las provincias litorales, y de ciertos contingentes de clero regular de algunas órdenes (sobre todo: capuchinos de Navarra, franciscanos, lateranenses y carmelitas). Tenían todavía fresca en su memoria la represión sufrida entre sus filas por el grave delito de no comulgar con verdades de fe como la unidad sacrosanta de la Patria Española y el carácter de cruzada del Alzamiento nacional, o simplemente por obstinarse en cultivar el estudio de la lengua vasca, convertido en un dialecto a erradicar.
De esta forma, bajo coacción militar o mediante obedientiæ simulatæ, más de setenta religiosos de las órdenes citadas hubieron de trasladarse a los diferentes países americanos4. Si en 1935 encontramos a 1.000 religiosos vascos destinados en Hispanoamérica, para 1940 su cifra ha aumentado a 1.061, con el añadido de que en esos años también se produjeron bastantes retornos. Era el mayor aumento en términos relativos que experimentaba la presencia religiosa vasca en América desde su reactivación alrededor de 18805.



Cesaropapismo frente a «Iglesia popular»

Una de las consecuencias inmediatas de la guerra respecto al «clero vasco» fue un silencio de varios años en el interior, compensado con una extraordinaria locuacidad desde el exterior. Ya durante la misma Guerra Civil se dirigieron grandes esfuerzos propagandísticos hacia la opinión pública mundial, en especial la católica, para justificar el comportamiento de este clero vasco, caracterizado por una actuación tan desviada respecto a la del resto de la Iglesia española, incluidos sus propios prelados.
En esta línea se enmarca el debate que religiosos exiliados   —3→   vascos en Argentina mantuvieron con el director de la prestigiosa revista católica Criterio, Gustavo J. Franceschi6, acérrimo defensor de Franco, en torno al «asunto» de Gernika. En su opúsculo En el humo del incendio7, Franceschi atacaba frontalmente lo que definía como una intoxicación comunista de la realidad. Ésta no sería otra que la quema de la ciudad por aquellos mismos que decían defenderla y que no dudaron en acusar al Alzamiento salvador de sus propias atrocidades. Las contundentes réplicas, en especial la escrita por el sacerdote bilbaíno ex claretiano Gabino Garriga Villa8, no lograron que admitiera su error públicamente, como se asegura que sí hizo en privado.
Hay que esperar al año 1944 para que una voz eclesial del interior, anónima y clandestina, hiciera pública una primera discordancia en el hasta entonces monolítico discurso de la Iglesia vasca. Ese año, un grupo de sacerdotes vascos difunde una memoria dirigida a Roma, en la que se protesta por la situación política de España, y específicamente por la opresión especial que sufre el pueblo vasco, al que se niega su misma existencia9.
En la huelga general convocada en Vizcaya en 194710, pero especialmente en la de 1951 en toda Euskadi, se hizo patente el divorcio entre el discurso de la jerarquía (que definía en el Boletín Oficial de la Diócesis de Bilbao la actitud de los huelguistas de «pecado mortal» contra «la sumisión en el fuero interno y externo a la autoridad, reflejo en la sociedad de la majestad de Dios»), y numerosos sacerdotes y religiosos que   —4→   colaboraron, por pasiva o por activa, con los huelguistas11. Para entonces estaba ya organizado un núcleo de estos eclesiásticos alrededor de la revista, también clandestina, Egiz, en claro enfrentamiento con la jerarquía vasca, que el 20 de agosto de 1951 prohíbe a los sacerdotes de sus diócesis cualquier relación con dicha revista12. La nueva carta colectiva que el año 1961 envían 339 sacerdotes vascos a Roma pondrá de manifiesto cómo una buena parte de la Iglesia vasca se había convertido en un núcleo antifranquista, y no sólo desde el punto de vista ideológico, sino también de manera práctica, amparando en su seno a diversos grupos de resistencia al régimen.





2. Dos ejemplos de fricciones
Sin embargo, una de las lagunas en la historiografía sobre la Iglesia contemporánea en el País Vasco ha sido, precisamente, la falta de estudios concretos sobre la actitud del clero ante el régimen y los movimientos de oposición al mismo. El centro de atención, en los todavía escasos estudios al respecto, ha sido por lo general las actitudes y vicisitudes de los dirigentes de las diversas diócesis vascas. Sólo algunas obras, como el artículo ya citado de García de Cortázar, y en especial la más reciente de Villota Elejalde13, han desbrozado este terreno, que se presenta sumamente interesante.
Con esta comunicación queremos ofrecer una contribución al tema desde el punto de vista microhistórico. Presentamos así dos casos concretos en los que se hace patente el ambiente de fricciones con el poder civil, que se vivía por parte de un sector particularmente conflictivo de la Iglesia vasca de la época de Franco: la provincia vasca o «de Cantabria» de la orden franciscana14.
  —5→ 
El Centro Vasco de Caracas y la nueva Basílica de Arantzazu

El primero de estos casos se produjo, sin embargo, a raíz de un suceso ocurrido al otro lado del Atlántico, en Venezuela.
A inicios de la década de los cincuenta, y dentro de las actuaciones planteadas por la curia franciscana de Cantabria para recaudar fondos destinados a la edificación del nuevo santuario de Arantzazu (Guipúzcoa), surgió como una opción el recurso a los vascoamericanos. Ya tempranamente, y aprovechando que los franciscanos vascos se hallaban radicados en Cuba desde 1887, los primeros esfuerzos se dirigieron a esta isla15, sin desatender la importante colonia vasca del Río de la Plata.
Pero había un lugar doblemente atractivo, Venezuela, que por aquellos años se encontraba en los inicios de su época dorada, y contaba con una colonia vasca de reciente implantación. Eran casi todos exiliados de la Guerra Civil que había conseguido escalar socialmente merced, entre otras razones, a los contactos y buen hacer de los jesuitas vascos instalados desde años atrás en el país.
En noviembre del año 1956, llega a Venezuela procedente de Cuba un padre limosnero o colector, Francisco Iraola, que inmediatamente establece contactos con la colonia del Centro Vasco Euzko Etxea de Caracas, a través de Isaías Acha, vinculado con su junta directiva16. El recibimiento echa por tierra las previsiones pesimistas de éste, a pesar de no poder dar Iraola, como tenía previsto, una proyección audiovisual en el centro   —6→   sobre el proyecto de la basílica17. Es tal el entusiasmo, que inmediatamente concibe el propósito de «fundar (un colegio franciscano vasco) aquí [...]. Los del Centro mandarían a sus hijos [...]. A mí me han visto mucho y les ha agradado mi presencia y mi euskera, o sea, mi habla en euskera»18. Su propuesta no cae en saco roto, y cuando en febrero de 1957 el provincial de Cantabria inicia las gestiones y obtienen el permiso de Roma, ya indica que el fin de la fundación no es otra que laborar «pro Vasconum assistentia spirituali»19.
Pero es entonces cuando comienzan los problemas, pues era evidente que el mayor centro de propaganda nacionalista vasca existente en aquellos momentos no era otro que la colonia exiliada de Venezuela, estrechamente vigilada desde la Embajada española en Caracas. Cualquier contacto con el Centro Vasco era un motivo evidente de sospecha. El permiso de Roma exigía a los franciscanos vascos contar con la aquiescencia de la provincia gallega de la misma orden, que estaba al cargo de los conventos franciscanos de Venezuela. Sabiéndose en el punto de mira de las autoridades del régimen, los superiores adoptan un doble lenguaje. El mismo día, 10 de abril de 1957, dirigen sendas solicitudes de nihil obstat para la fundación en Caracas; al arzobispo de la ciudad se le indica como razón explícita, la necesidad espiritual de la colonia vasca, que ha solicitado su presencia.
En cambio, al provincial franciscano de Santiago de Compostela, se le habla crípticamente de «la petición y propuesta que algunos elementos residentes en Caracas han dirigido concretamente a nuestra provincia» y unas genéricas necesidades apostólicas de América del Sur20. No se dice ni quién ni por qué, en una ocultación intencionada que trataba de evitarse un grave compromiso   —7→   en el interior con las autoridades, que ya estarían puestas sobre aviso. A la postre sería este asepticismo político el que abortaría el proyecto, ya que ante razones tan poco explícitas, la provincia franciscana gallega acabaría negando su permiso. La sombra de un posible choque con las autoridades españolas había convertido en inútil el intento.



El affaire gurelesa y el franciscano Carmelo Iturria

En 1961, un franciscano llamado Carmelo Iturria21, residente aquel año en la comunidad de Arantzazu, fue destinado al santuario de Copacabana, en Bolivia. A raíz de aquel suceso, su superior recibió diversas cartas de protesta, que suponían que el padre Iturria había sido castigado con este traslado por sus manifestaciones contra el régimen22. Las protestas eran duras, como la de un grupo parroquial eibarrés, que se quejaba de:
[...] la «injusta expulsión» del padre Carmelo Iturria, franciscano. ¿Dónde está el súbdito que usted debe defender? ¿Dónde el campo sagrado de la Iglesia, al que la autoridad civil no puede llegar?23


y anunciaban incluso movilizaciones para evitar dicha «expulsión»:
[...] datorren illaren 5'garren igandean, Kristo Errege egunez, goizeko amaiketatik arratsaldeko ordubik artean Gipuzkoako Gaztedia zuen emengo etxe aurrean izango dezute [...] Aita Karmelo Iturria gure artean gelditzen ezpada24.


No era la primera vez que el guardián del convento de Arantzazu había tenido que capear la embestida de algún cargo del gobierno español, molesto por la aureola levemente antirégimen que se desprendía de algunos actos en los que estaba involucrada la basílica de la patrona de Guipúzcoa y la comunidad franciscana que la atendía. En noviembre de 1952, el corresponsal en España   —8→   de la revista Time, Piero Baporitti, publicó en su edición atlántica una breve noticia, referente a un supuesto cerco que la Guardia Civil había puesto al santuario, descrito casi como un intento de rendición por hambre a unos religiosos caracterizados, de forma genérica, como «rebellious, (that) went on teaching the catechism in the Basque language and talking about Basque national traditions from their pulpits -both serious crimes in the eyes of Franco's government»25. El periódico francés La Presse, pocos días más tarde, recogía y reelaboraba hacia la exageración la reseña26. La indignación llevó al propio ministro español de Asuntos Exteriores a escribir al padre guardián de Arantzazu, exigiendo unas explicaciones que ni siquiera el mismo Baporitti pudo ofrecer, en una polémica epistolar a tres bandas que sólo fue apagada por el cansancio y el tiempo27.
En el caso del padre Iturria, los agraviados e impulsores de la reacción oficial habrían de ser las autoridades provinciales de Guipúzcoa. El 13 de agosto de 1961, como hacía dominicalmente tras la retransmisión de la misa desde Arantzazu, Carmelo Iturria había dedicado su charla radiofónica a una reflexión sobre la encíclica Mater et Magistra, recién publicada. Señalaba cómo no era necesario buscar muy lejos los grupos en vías de marginación a los que hacía mención el Papa; en la misma Guipúzcoa estaban en esta situación, por ejemplo, los pequeños agricultores tradicionales o baserritarras. Coincidía su charla, además, con un momento de tensión entre estos baserritarras y la Diputación, en un clima al que no era ajena la empresa lechera guipuzcoana «Gurelesa».
Inmediatamente, llegó a oídos de los franciscanos la desagradable impresión que había causado la charla de Carmelo Iturria en los medios oficiales:
  —9→ 
Egia da noski zure ill onen 13'garren eguneko sermoian etzenduala zuk Gurelesa izendatu, baña baita entzule guzi-guziak Gurelesaz itzegin zenduala ulertu zutela, ta gaizki, oso gazki mintzatu ziñala, gañera [...]. Gurelesako buruzagi ta zuzendariak ez dute zearo ontzat eman joan dan igandean radioz esan zendutena. [...] Beragatik, buruzagi ta zuzendari oriek ez dute auzi au onenbestez bukatutzat emango28.


Las quejas sólo exigían una reparación pública, en la charla del domingo siguiente, que el padre Iturria retransmitió con la vigilancia previsora del superior. Resaltó entonces que el día anterior no había citado ningún nombre, y añadió que, si alguien se había sentido aludido, sería por alguna razón oculta en su conciencia. La de Carmelo Iturria, según confesó inmediatamente de acabar la emisión al padre provincial, no le permitía otra cosa29. La misma previsión que en 1937 había decidido al superior de entonces a destinar a un padre Basilio Guerra buscado por los nacionales, desde el convento de Forua (Vizcaya) a la misión de Cuba, hizo que se alejase a Iturria del ojo del huracán. Poco tiempo más tarde se integraba en la misión boliviana.




 3. Conclusiones
Los dos ejemplos que hemos señalado, nos ponen de manifiesto, por una parte, el ambiente de clandestinidad en el que se movían en ciertos aspectos amplios sectores del clero vasco (por ejemplo, en todo lo relacionado con la oposición política al régimen, como se aprecia en el primero de los casos). Por otra parte, también nos acercan a la importancia que la cuestión social adquirió en el discurso del clero crítico.
En ambos casos se observa una clara diferencia entre dirigentes y clero de base (en el ejemplo que nos ocupa, dentro de la provincia franciscana vasca), no tanto en el fondo de la actuación de cada uno, sino más bien en el matiz de prudencia que   —10→   los primeros imprimen a todos sus movimientos. En el clero regular, y sobre todo en aquellas órdenes de mayor implantación en Euskadi, los superiores eran elegidos de entre ese mismo clero base; sólo la responsabilidad, casi pública, que adquirían les obligaba en muchos casos a mantener ese doble lenguaje, tendente a mantener las apariencias ante un poder siempre vigilante.
Los otros, los de a pie, que no vivían bajo estas presiones, no tienen que callarse, y mantendrán a la Iglesia como uno de los centros de referencia de la vida social y política de los vascos. De este modo, llevarán su influencia directa o indirectamente a todas las iniciativas que se gestan en aquellos años: incluso el núcleo fundacional de ETA contó con una buena cantera de ideólogos sacerdotes, ex sacerdotes y estudiantes seminaristas.



Datos personales